El regreso de BTS y la presión de ser más históricos que antes
El regreso de BTS ha opacado mi Spotify los últimos días, y no es para menos. Tras anunciar su pausa grupal en 2022 para cumplir con el servicio militar, Kim Nam-joon, Kim Seok-jin, Jung Ho-seok, Jeon Jung-kook, Park Ji-min, Min Yoon-gi y Kim Tae-hyung se han reencontrado en el estudio para traer un álbum que se compone de dos etapas diferenciadas: Una apertura más experimental que apuesta por sonidos callejeros, presencia de rap y melodías rebeldes -- con algún destello del folclore coreano -- y una segunda más resiliente, madura, en la que el ritmo se ralentiza para disfrutar del viaje.
Siendo honesta, he sentido este álbum más como un cierre que como una apertura de ciclo. Una especie de deuda emocional con las fans que ha dividido tanto a la crítica como a su propio público. A mis ojos, es un proyecto que necesitaba materializarse para que pudiesen seguir avanzando, aunque avanzar ya no signifique necesariamente hacerlo juntos de la misma manera que antes. Y es normal y esperable, teniendo en cuenta que los años separados no han sido una mera pausa como grupo, sino un periodo de crecimiento y evolución personal que ha llevado a cada uno a una nueva etapa.
No son los adolescentes que debutaron el 13 de junio de 2013 con No More Dream y bajo BigHit Entertainment, sin saber que se convertirían en la gallina de los huevos de oro de la discográfica. Cargan a sus espaldas con haber sido el primer artista asiático en ganar 'Artista del Año' en los American Music Awards; dominaron durante años los Billboard Music Awards con múltiples premios como Top Social Artist y Top Duo/Group, y rompieron barreras culturales al conseguir nominaciones en los Premios Grammy. De hecho, a raíz de todo ello se popularizó la frase “BTS paved the way” o “BTS allanó el camino”, en castellano, que se usa para destacar que el grupo fue clave en abrir la industria musical global al K-pop.
Ahora saben lo que es tener un proyecto colectivo y también individual. Explorar sonidos, conceptos, narrativas y estéticas propias, y poder tomar decisiones sin debatirlas entre los siete. Y eso tiene sus peligros, porque la autonomía acaba seduciendo y puedes acabar haciendo un producto totalmente diferente a lo que haces como banda. Si bien es cierto que sus proyectos personales no han alcanzado el impacto masivo del grupo, han sido relevantes tanto dentro como fuera de Corea.
Jungkook fue el primer solista coreano en liderar globalmente Spotify con su canción Seven, y su disco Golden vendió más de 2 millones de copias en todo el mundo; mientras que Jimin fue el primer solista coreano en alcanzar el #1 en Billboard Hot 100 con Like Crazy. Por su parte, J-Hope fue el primer artista coreano en encabezar Lollapalooza y ha estado activo en festivales internacionales; RM se ha ganado una gran fama por su labor como letrista, además de sus proyectos individuales, tanto musicales como ligados al arte o al mundo intelectual; y Suga como productor para otros artistas, paralelamente a su gira en solitario, que contó con una alta demanda. Con respecto a V, ha combinado su faceta como músico --ganando más de 120 premios como solista y consolidando su estilo R&B con Layover-- con la moda, siendo embajador de marcas de lujo. Finalmente, Jin fue el primero en terminar el servicio militar, y su álbum Happy debutó en el #4 del Billboard 200, con unas 66.000 unidades en su primera semana.
A través de estas producciones, han demostrado que BTS no era solo una suma de talentos, sino también un punto de partida para siete trayectorias distintas.
Y ahí aparece el gran dilema: ¿cómo encajar todas esas evoluciones en un mismo espacio creativo sin que ninguna se diluya? ¿Cómo volver a ser grupo sin renunciar a lo que han descubierto por separado? Es casi una paradoja porque BTS siempre fue fuerte precisamente por su cohesión, por esa sensación de unidad tan característica. Pero ahora esa unidad se negocia, se discute y se enfrenta a las personalidades fortalecidas y diferenciadas de todos ellos. Siempre pensé que, por muy idílico que nos venda el K-pop la hermandad de sus grupos, tiene que ser complejo que funcione cuando conviven en ellos personas tan distintas, con sus egos, sus inseguridades y sus ambiciones. ¿Es posible crear un producto del que todos estén orgullosos y en el que se vean reflejados?
El recuerdo: aliado o enemigo
En este escenario, las fans llevaban cuatro interminables años esperando su regreso. A diferencia de las seguidoras de One Direction, que nunca vimos --ni posiblemente veamos-- una reunión en los escenarios, BTS prometió y cumplió. No obstante, hay un problema: han habitado en los recuerdos de sus fans. Y los recuerdos, cuando se idealizan, se convierten en estándares imposibles de cumplir. Todo lo nuevo queda inevitablemente comparado con una versión pasada que, además, está congelada en el tiempo. No compiten solo con otros artistas, sino con su propio legado, su versión en la cima de hace cuatro años. Y eso pesa, incluso cuando se trata del grupo coreano más famoso de la historia.
En ese contexto aparece Arirang, un proyecto que prometía devolverles la corona de reyes del K-pop. Arirang es el nombre dado a una canción del folclore coreano, considerada un himno no oficial del país y un símbolo de identidad, resistencia y unión de su pueblo. Bajo esta premisa, podríamos esperar un proyecto que vuelve a las raíces de su cultura, que trata de poner en valor sus orígenes y enorgullecerse de su legado. Y sí, de alguna forma está presente a través de una recuperación de esos sonidos del debut o la introducción de una parte de la propia Arirang en Body to body, aunque se queda escasa. Especialmente en su primer vídeo, Swim, canción íntegramente en inglés y con la actriz Lili Reinhart como protagonista. Una apuesta segura para los Grammy que, sin embargo, se aleja de lo que podíamos esperar como su single principal y genera una sensación de aburrimiento para aquellos que esperábamos un regreso rompedor. De hecho, la propia Body to body habría sido una mejor carta de presentación del proyecto y sobre todo de renacimiento como banda.
De esta manera, ese significado cultural asoma tímidamente a lo largo de las piezas, casi como una capa que no termina de desarrollarse del todo. Está ahí, pero no siempre se siente. Y no, no esperaba una representación literal —no necesitaba verlos comiendo tteokbokki en una taberna ni vestidos con hanbok—, pero sí me he quedado con ganas de una fusión más arriesgada, más visible, más valiente entre lo tradicional y lo contemporáneo. Un diálogo real entre pasado y presente, no solo una referencia estética o conceptual puntual. Porque, en el fondo, eso es lo que parecía prometer Arirang: una reconciliación entre lo que fueron y lo que son ahora. Pero el resultado se queda a medio gas. No llega a ser completamente nostálgico, pero tampoco termina de romper hacia algo nuevo con toda la contundencia que uno podría esperar de una banda como BTS. Supongo que hay muchas decisiones tomadas desde arriba que empujan hacia la occidentalización para poder presentar las canciones a los premios estadounidenses y seguir engordando el palmarés, como si su regreso necesitase un Grammy para engrandecer su legado.
Y aun así, hay algo en este álbum que inevitablemente me ha llevado de vuelta a Dark & Wild, sobre todo en las primeras canciones. Un regreso a sus propias raíces como artistas, recuperando esos sonidos desde una nueva visión y experiencia. Quizás por eso lo siento como un cierre. No porque BTS se esté despidiendo --o al menos no explícitamente--, sino porque este proyecto suena a balance. A mirar atrás sin quedarse ahí y reconocer la distancia sin intentar borrarla. A aceptar también que volver no siempre significa recuperar, sino reinterpretar.
Y tal vez ese sea el verdadero mensaje: que no se puede volver al mismo lugar siendo las mismas personas. Que incluso el regreso más esperado viene casi siempre acompañado de una cierta extrañeza y que, a veces, cerrar una etapa es la única forma honesta de poder empezar otra, aunque no sepamos hacia dónde nos llevarán esta vez con su música.




