La paradoja de la eternidad
La muerte es un concepto profundamente cultural. Según el lugar del mundo en el que nazcas, se la nombra, se la evita o se la ritualiza de maneras muy distintas. En algunos territorios es un tabú; en otros, una presencia cotidiana que deja de ser una visitante lejana para convertirse, por desgracia, en una compañera habitual. Allí donde se convive a diario con ella, esta deja de percibirse como el cierre de una larga existencia y se integra en la vida misma. Como un vecino silencioso, que tan solo provoca gritos en las personas de su entorno.
Las religiones han intentado dar forma a ese misterio a través de interpretaciones, mitos y rituales propios. El ser humano, por su parte, ha optado por adherirse a ellos o inventar los suyos propios. Depende de a quién preguntes, la muerte es algo familiar, algo temido, algo esperado con serenidad, la continuación del camino, una forma de justicia universal o, simplemente, algo indiferente.
Una parte de la sociedad opta por soñar con una vida después de la muerte, imaginándosela desde el anhelo y la esperanza: una prolongación del presente, un regalo divino, un impás en el que el alma se separa del cuerpo. Hay quienes creen en ella y quienes, por el contrario, se aferran al ahora porque consideran que no habrá nada más que esto.
Y esto no tiene porqué ir necesariamente de la mano de la religión.
Dentro de este abanico de interpretaciones, la película Eternity propone su propia versión del más allá. Lo hace a través de una rom-com que, en apariencia, ofrece un mensaje esperanzador: la promesa de una eternidad junto a la persona -- o las, si os ponéis de acuerdo -- que amaste. Sin embargo, bajo esa superficie amigable, la película esconde una idea inquietante. Más que un paraíso, esa eternidad puede verse como una jaula sin salida.
Eternity sitúa a sus personajes en una especie de limbo previo al más allá, un espacio de tránsito en el que cada individuo debe elegir su destino definitivo. Y lo hace a través de uno de los lugares más odiados por los españoles, una estación de tren -- imagina que incluso al morir siguieses utilizando el Renfe --. La cinta propone un abanico de destinos a los que poder realizar tú viaje final. Infinitas posibilidades diseñadas a partir de los deseos, obsesiones y trayectorias vitales de cada persona. Algunos son abiertamente satíricos -- un mundo sin hombres, una Alemania de la Segunda Guerra Mundial sin nazis o un mundo sexy -- ; otros responden a intereses concretos, como un mundo biblioteca o museo. También hay escenarios corrientes, olvidados, pasados de moda, descatalogados. Lugares en los que se refugian quienes solo desean pasar desapercibidos. Por supuesto, aquí se encontrarían espacios como nuestras vidas actuales, aquellas a dónde nadie con miles de posibilidades podría querer volver ¿No?.
La película funciona así como un dispositivo de reflexión sobre el concepto de cielo a través de este lugar lleno de trenes que vienen y van, pero también permite analizar el propio deseo. Así, tenemos un escenario en el que el ser humano queda atrapado en una especie de show de Truman eterno, consciente de que existen múltiples alternativas que jamás podrá conocer. El infierno, curiosamente, no está representado como espacio físico: se transforma en el vacío al que uno se arrojaría si decidiera escapar. Vinculándose así, una vez más, al libre albedrío. La libertad como condena. La eternidad como una vida controlada, disfrazada de paraíso.
Para los indecisos -- como yo -- esta propuesta resulta especialmente perturbadora. ¿Cómo elegir un solo lugar sabiendo que no hay marcha atrás? ¿Cómo no arrepentirse de la primera decisión cuando las posibilidades son infinitas? Eternity plantea, en el fondo, el mismo dilema que atraviesa la vida: escoger un camino implica renunciar a todos los demás.
Deseamos otros lugares, otras ciudades, otros trabajos, otras experiencias como vía de escape de la rutina. Nos vamos lejos de nuestra casa para experimentar otra vida. Abrazamos otras culturas, comemos otras comidas, vamos a conciertos, hacemos puenting. Cosas que se salen de lo cotidiano, porque lo cotidiano se asocia con monótono y aburrido. Pero ¿qué ocurriría si esos lugares soñados se volvieran permanentes? ¿Hasta qué punto seguirían teniendo valor si viviéramos en ellos para siempre? Pensar en el lugar ideal es fácil. Pensar en habitarlo eternamente es otra cosa muy distinta, porque el movimiento atrae, pero una vez se vuelve estático es monótono.
En el universo de Eternity no hay segundas oportunidades. No puedes cambiar de mundo. Tu familia y tus conocidos eligen antes que tú, y aunque puedas coincidir con ellos, no podrás mudarte después. Una vez y no más. Lo que en principio parece un premio acaba revelándose como una condena.
La película deja flotando una reflexión, que personalmente encuentro inquietante privarte de la posibilidad de huir, ni siquiera en la muerte. La eternidad, presentada como un bien universal otorgado a todos por igual, adopta la forma de una prisión. No tiene fin ni salidas. No se agota. Vivir para siempre rodeado de las mismas personas, en el mismo espacio, repitiendo las mismas acciones.
Entonces, ¿Queremos lo que queremos, o solo lo deseamos porque carecemos de ello en nuestra vida cotidiana? Yo, que deseo ir a Asia, ¿Podría vivir eternamente allí sin desear moverme a otros continentes? Siempre digo que no tengo tiempo suficiente para leer todo lo que me gustaría, pero, ¿No sería un laberinto asfixiante vivir en un mundo en el que no hubiese otra cosa que hacer?
Llevo unos días reflexionando sobre cúal sería mi eternidad soñada y finalmente descarto todos los escenarios. Hasta aquel que más he idealizado creo que acabaría sintiéndose como cuatro paredes que me aprisionan.
Es paradójico: aquello que más anhelamos -- que el tiempo no se acabe -- acabaría por volvernos locos. Quizá porque necesitamos el cambio. Quizá porque solo valoramos la vida precisamente porque es fugaz.




