Viaje al pasado, pero no muy lejano
¿Qué tendrá el pasado que nos atrae inevitablemente? ¿Por qué las tendencias de moda vuelven una y otra vez, hasta el punto de vernos llevando la misma ropa que aparece en las fotos de nuestros padres en los 80 o 90?
Hay algo en el pasado que nos llama como un eco. No importa cuánto avance el mundo: siempre acabamos mirando hacia atrás, buscando algo que ni siquiera vivimos, pero de lo que nos sentimos parte. Es curioso porque la atracción hacia el contenido futurista, las distopías, guerras intergalácticas tienen su explicación. Nuestra curiosidad por saber que vendrá después de la muerte, quizás de aquí a cientos o miles de años. Lo que vivirán nuestras generaciones posteriores. Sin embargo, el pasado también cuenta con un gran número de seguidores, que vuelven a él aunque no pertenezcan a esas épocas. Que ocurra con las civilizaciones egipcias o aztecas o los dinosaurios también tiene sentido. Son escenarios completamente diferentes al actual.
En cambio los años 70, 80, 90, incluso los 2000 son próximos, similares, cotidianos. Tal vez volvamos a ellos porque el presente es demasiado ruidoso. Demasiado rápido. Demasiado exigente. Sin embargo, el pasado se nos ofrece como un lugar donde el tiempo parecía tener más paciencia con el ser humano y con la vida misma. Un lugar cómodo, familiar, seguro. Y en un mundo en constante aceleración, la nostalgia funciona como refugio, zona de confort y antídoto para el vértigo que produce el envejecimiento.
Por eso vuelven las modas. No es solo estética: es memoria. Es volver a sentir lo que sentimos al ver aquellas fotos de nuestros padres con vaqueros acampanados, chaquetas XXL de Nike o Adidas, camisetas con logos gigantes, looks grunge heredados de Kurt Cobain o la estética punk que se escapó de Londres a todo el mundo. Es recuperar una época que no vivimos, pero que imaginamos con una calidez que hoy se nos escapa entre la hiperconexión y las pantallas. Entre la constante innovación tecnologica y la frialdad de la comunicación online. Era una sociedad más real, con sus propias incomodidades y conflictos, pero fiel al presente.
También es una especie de protesta silenciosa. Un regreso a un momento en el que no existían redes sociales de las que copiarse; donde la inspiración salía de las revistas de los quioscos, videoclips de MTV o simplemente de lo que se veía en la calle. Donde las caras eran reales, los cuerpos no estaban moldeados por filtros de Instagram ni retoques, y la cirugía estética no imponía un único canon de belleza globalizado como el que ahora se repite en todas las influencers y modelos de Estados Unidos. Las actrices tenían rasgos diferentes que les aportaban autenticidad. No como hoy en día, donde ver unos labios finos en la gran pantalla o unos ojos caídos requiere de investigación. Y cuando esto sucede, lo vemos como una cara 'rara' a lo Tim Burton o como la tan mencionada 'de época'.
Por aquel entonces había libertad creativa, mezcla de estilos y un “no me importa” mucho más sano: peinados imposibles, colores fantasía, estampados y texturas. En aquel ecosistema convivían el minimalismo noventero, el techno, el hip-hop, el indie y la ropa de andar por cada, todo mezclado y sin pedir permiso. Y, sobre todo, había presencia: la gente estaba allí, no mirando una pantalla. Quizás por esa razón se pudieron desarrollar de forma tan natural todas esas versiones del ser humano. Identidades que se expandían libremente, sin tener un flash apuntando ni una sección de comentarios en las redes donde sembrar el odio.
La cultura Y2K es el ejemplo perfecto. ¿Por qué ahora tanta gente quiere vestirse como si hubieran salido de un videoclip de Britney Spears o de un capítulo de Zoey 101? Porque ese imaginario —el gloss, el rosa metálico, las estrellas pegadas en el espejo, los móviles con tapa— simboliza un tiempo en el que las redes sociales no decidían nuestra manera de ser. Un momento donde la vida parecía resolverse en capítulos de 20 minutos. Ingenuo, kitsch, pero también liberador frente a la perfección pulida que ahora vemos en un photocall, campañas publicitarias e incluso en las stories de la gente normal.
Y por eso los veinteañeros devoramos las series de los 2000. Gossip Girl, Las Chicas Gilmore, Friends, Sexo en Nueva York. Historias donde el mayor drama era una discusión con tu mejor amiga, un romance inesperado o un malentendido que se solucionaba en el siguiente capítulo. No había algoritmos manipulando la autoestima, ni la sensación de que el día empieza con una lista infinita de tareas pendientes. Solo un portal hacia un mundo sin notificaciones constantes, sin smartphones regulando nuestras relaciones sociales. Sí, ficción… pero una ficción que daba respiro. Sin cinismo. Sin filtros. Con personajes imperfectos y humor sin censura.
Al final, lo que nos atrae del pasado no es el pasado en sí, sino lo que simboliza. Un lugar donde todo parecía más simple, donde el tiempo avanzaba más despacio, donde podíamos permitirnos ser ingenuos.
Volvemos a él porque todos necesitamos, aunque sea un instante, sentir que pertenecemos a algo que ya estaba escrito antes de que llegáramos. Porque mirar atrás es una forma de entender nuestra propia narrativa. No regresamos por la perfección de lo que fue, sino por su promesa. La promesa de que hubo un tiempo donde todo estaba por venir. La promesa de que la vida podía ser ligera, espontánea, incluso un poco ridícula.
Y que eso, lejos de ser un defecto, era profundamente humano.




