Mirar a través del fuego: crónica de una excursión a la destrucción

¿En qué momento el ser humano descubrió que el fuego era un arma de destrucción? ¿Cómo pasamos de venerarlo como si se tratase de un Dios, peligroso e intocable, fuente de sustento, superior a los mortales, a solo un arma que usamos a nuestro favor? Y si en ese golpeteo de piedras el hombre tuvo una visión de lo que podría llegar a conseguir gracias a él. Unas imágenes que no supo procesar, pero quedaron impregnadas en lo más profundo de su ADN. Viendo pasar los años, las eras, hasta que lo considero suficientemente evolucionado para darle su poder. Quizás fue entonces cuando el cerebro hizo clic, y como si de un cine antiguo se tratase, mostró entre el cristalino y la cornea una imagen fugaz, pero ardiente. El fuego no solo tiene que matar a animales y al ser humano, también puede conllevar la destrucción de un ecosistema. Las conductas de la mente son inexplicables, y quizás esa es una de las cosas que más nos deberían de aterrar. 

Estas semanas de incendios trato de entrar en el cuerpo y en la mente de un incendiario. Imaginar lo que puede sentir al tocar un líquido inflamable o encender una cerilla, el placer que recorre su piel escondido entre matorrales, sabiendo que los únicos que lo ven son los animales del bosque, incapaces de comunicarle al ser humano el delito. Trato de entender sus pensamientos y modus operandi, lo que convierte a una persona aparentemente normal, que trabaja, saluda a sus vecinos y coexiste en los mismos espacios que yo, en un asesino. Porque al final, la naturaleza también es un ser vivo, al que un homicida decide plantar fuego. Un esqueleto de ramas, pulmones verdes, una melena de hierba y las venas de las raíces de los árboles componen un cuerpo natural contra el que se atenta sin ningún tipo de remordimiento. Pero, ¿cuál puede ser el motor detrás de un pirómano? ¿Dónde está el límite entre su ansia de destrucción y su parte humana? 

Mirando por la ventanilla del coche veo los campos, donde antes crecía maleza, teñidos de negro. Parece un paisaje apocalíptico, de esas películas donde explican que la tierra se volvió inhabitable después de una terrible guerra nuclear. Es triste pensar que, aunque lo que más tememos sean las bombas, esa escala bélica internacional, destruir nuestro entorno está al alcance de un mechero y un líquido inflamable. Sobre el pasto los animales buscan desesperados algo que poder llevarse a la boca, mientras mastican hierbas grisáceas por las cenizas. El negro lo llena todo, como si el cielo hubiese barnizado la tierra con una capa de alquitrán. Es imposible no verlo allá donde mires. Pienso en la vida salvaje de estos espacios, animales condenados a vagar kilómetros y kilómetros en busca de alimento o un lugar donde agazaparse. Después de días huyendo de la furia de las llamas, un enemigo feroz y rápido, para muchos desconocido. También pienso en los que habrán fallecido a causa de los incendios. Perdidas injustas, asesinadas por el placer de un incendiario.

El trayecto discurre por una senda de horror interminable; parece que el fuego llegó a quemar el propio cielo o será el humo que ha desteñido el horizonte. El sol parece burlarse, mostrando un cielo radiante en contraposición con la tierra firme, donde solo hay espacio para los lamentos. Al final comparte naturaleza con el fuego. Y sucede que la vista duele de la misma manera al mirarlo que al observar el pasto negro. Ourense tierra de paisajes, de ríos, de montes, completamente asolada. La llegada a la Comunidad desde Madrid se abre como la puerta al infierno. El aire es pesado, arrastra el polvo y las cenizas, cuerpos de viviendas y árboles que han sido cremados. Aspiramos ese mejunje tóxico con ansiedad, mientras el calor nos abrasa la piel y se acumula el picor en la garganta. Las mascarillas han vuelto, aunque no haya una pandemia. Las aldeas se refugian en ellas para separarse de la enfermedad que llegará de no tomar medidas.

Ojalá pudiese establecerse una pared invisible de protección, pienso, mientras el fuego se acerca a una de las aldeas de forma amenazante. Espero encontrarme en ella el miedo personalizado, pero, en cambio, la gente se hace con palas y camina hacia el incendio, dispuestos a extinguirlos. Una de las señoras más mayores es detenida por la Guardia civil, que intenta protegerla. Entiendo su frustración, admiro su valentía. Como una mujer que arrastra años y años se antepone al fuego, quizás porque tiene mucho más que perder si se queda de brazos cruzados. En Galicia estamos hechos de otra carne. 

Algunos no han tenido suerte y se enfrentan ahora a la destrucción.  Voces quebradas de personas que lo han perdido todo, la ansiedad de haber escuchado morir al ganado agonizando, el trabajo de una vida consumido por el fuego. Historias diferentes unidas para siempre por un hecho imborrable, que azotará sus mentes cada verano. Las casas abrasadas contienen los recuerdos de varias generaciones, ahora borradas. No volverán a ver esas fotos en blanco y negro de sus padres, ni cuando hicieron la comunión, tampoco el álbum de la boda. La vajilla que le regalaron sus amigos en el bautizo de su hijo, las ropas que vestían, las reliquias heredadas de sus abuelos. Todo se ha convertido en una masa oscura, que se resbala entre los dedos. Fuera los propietarios comparan la visión con Ucrania, "no es muy diferente". Coincido, A Caridade comparte la destrucción de Kiev, espacios donde la vida parece no haber existido. Poco a poco ira renaciendo la hierba entre las grietas, floreciendo en el lugar que ocupaba el sofá del salón. Sustituyendo así las pisadas del ser humano. Un intruso que demuestra que, a pesar del caos, siempre regresa la vida.


Lucía


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